14.12.08

De las cosas que nunca te dije mientras viajábamos en metro


Otra vez. Otra vez volvimos a sentarnos en aquellos asientos, uno al lado del otro, sin querer rozarnos, sin querer mirarnos. Si hubiesen estado libres los asientos de mi izquierda o tu derecha, seguro hubiesemos optado por desplazarnos unos centímetros incluso. En el fondo seguiremos siendo unos niños pese a lo que diga nuestro DNI. Y tú mirabas al suelo, y juntabas las manos, las revolvías, buscabas algo que hacer entre estación y estación. Yo miraba mis piernas y nos contemplaba en el cristal y cada vez me recordaba más a la espera en la lavandería de Don y Ann, aunque los dos menos locos (no sé si más cuerdos). Sin querer sabernos, prefiriendo no hablar de nada mínimamente trascendente de ese vagón en el que el tiempo jugaba a detenernos y enfrentarnos. Y te miraba de reojo después de chocar mis ojos contra el cristal.Pero tú no parecías darte cuenta de nada o hacías como si no importara. Sé que sabías que importaba, que importaba demasiado como para mirarnos o decirnos cualquier gilipollez. Daba igual. Uno en cada extremo y en el cristal el reflejo de Ann y Don persiguiéndonos por los túneles de Madrid. Pero no había nada de que hablar. -"¿Te pasa algo?" -No -"¿Estás segura?" -Sí -"¿En qué quedamos entonces?" -No lo sé.


Pero yo no soy ninguna Ann.
No sería capaz de decir nada parecido a esto:

<< Que difícil... Pero me parece que aún es mas difícl quedarmelo para mí sola. Supongo que por eso lo hago. Tú siempre me preguntabas en que momento empecé a quererte. Empezé a quererte exactamente cuando llamaste para decir que me dejabas. De hecho fue en ese preciso momento quando olvidé el amor que sentía antes. Me olvidé de la ternura y... y el sexo... de tu lengua. Me di cuenta de que lo que había sentido antes no era más que el simple reflejo de lo que es el amor. Descubrí que no te había querido nunca. De repente pensé en aquella tortura que practicaban en Francia. ¿Sabes que hacían? Ataban las extremidades de una persona a cuatro caballos y los azuzaban en direcciones diferentes. Pues así es como me sentí. Así es como me siento. Ahora ya sé lo que es amar. Te amo con esa clase de amor que había rezado por sentir cuando era una adolescente y que ahora rezo por no volver a sentir. Nunca más. No lo sé. Sólo quiero que sepas cómo me siento. Y no, no te creas que lo que quiero es volver a intentarlo. No. Sólo... Sólo quiero que sepas como me siento. No quiero que tu sigas con tu vida sin saber cómo me siento. No lo soporto. En fin. Creo que ya está. [...] >>

Puede que tú si te parezcas a un Donn cualquiera. De todas formas sería yo la que esperaría en el hospital.

Al final, todo puede pasar, ¿no? No me gusta nada ese final.

3.12.08

¿Quieres mirar la lavadora conmigo?



¿Eso que se oye de fondo no es el mar? Echa más detergente, cariño, que la lavadora no pare de girar, que nos pasemos la vida frente a la lavadora.

24.11.08

Noviembre

En noviembre empieza a hacer un año de casi todo. O quizás no, pero transmite esa sensación.

Poemas a medio terminar. Viajes previstos que no salen a flote. Semanas perdidas por las calles de París. Cafés y tostadas con mantequilla antes de ir a estudiar un sábado a las 9.30. Las risas en la biblioteca (y el frío). Pastillas para el dolor de garganta. Pañuelos de colores en el cuello. Sustos ante las ausencias. Apuntes llenos de colorines. Alumnos que no dan el resultado esperado. Textos y más textos en francés. Biografías de filósofos. Cerezas en invierno. Mejor nos vamos a la playa en semana santa. Málaga siempre es una buena opción. Sólo quiero mirarte y sentir que no han pasado 3 meses desde que te vi por última vez. Mamá anda rara últimamente. El último cocierto. El último concierto de los 16. No te preocupes más, todo va a salir bien. Cenas de McDonals y vistas de Córdoba en coche. Películas y pizzas de sábado por la noche. Mis browmies de chocolate. Carmen. Sexo en Nueva York. Pereza. Amaral. Tortitas con nata para un viernes de compras. Micrófonos. artículos para la revista. Autobuses y más autobuses. Recibimientos en cartulinas naranjas. Festival de Jazz. Verano. Clases de poesía (y de vida). Siempre me hago algo para mi cumpleaños. No me regales nada este año. Conseguiste sacarte el carnet del coche. Quiero un barco para cuando me haga mayor. Silvia y su nostalgia. La nostalgia ya no e slo que era. Noches en vela hablando, sintiendo. Paseos por la playa. Tés que huelen a despedida. despedidas. Encuentros también. Otoño y hojas secas. Mareas de viajes y maletas. Empezar. Empezar. Un lápiz de ojos verde nuevo y pintauñas morado. Desigual será siempre mi tienda preferida. Necesito un abrigo nuevo. ¿Por qué no conseguiré dejar de romper las medias? Dvds de la biblio y palomitas. Ron con cola (y suspiros). Estrenar tacones. Poemas por teléfono. ¿Estás haciendo algo con los platos?

Noviembre siempre será mi mes. En noviembre cumplo años. Esta vez es especial. No sé si los restos del amor amanecerán en las afueras o, ni siquiera, si estar en las afueras también es estar dentro.

10.11.08

días malos/noches...



Me dijo que se había levantado con el olor de él pegado en la mitad inferior de su brazo izquierdo. Al parecer apenas la había rozado más allá de copas a medias, bailes de calculadas no-distancias o canciones precisamente oportunas para preguntar cerca de su oído "¿dónde están los besos?". María le preguntó si quería que la dejase sola y ella confesó muy a su pesar, porque todos conocemos a Marta, que antes con ella a con otra y entonces yo me acordé de lo del peligro, de que Pepe decía que Marta tenía mucho peligro, aunque María ya no supiese si echarle la culpa a Luis. Puede ser que fuese porque Marta tenía días malos y a partir de las dos menos cuarto de la mañana comenzaba a estar demasiado cansada como para que le importarse algo aparte de dejarse llevar, de no-ver a través de las luces y bailar, bailar, saltar, gritar, que nada contaba entoces. O porque hacía mucho que las despedidas eran incómodas y ya no sabían cómo volverse más rápido a sus habitaciones sin apenas mirarse.

A Marta le suele gustar dramatizar las cosas pero lo del olor tuvo que ser una señal sin caricias y sin besos, porque estos últimos s ehabían perdidos en el camino de los malos días y las noches...

Aún estamos en otoño.

23.10.08

Nos quedamos en el sofá



Llegaste a casa todo empapado. No tenía muy claro si era la lluvia o el gris de tus mejillas lo que te había puesto tan triste, lo que me había hecho sentirme tan sola. Llegaste con prisas, como siempre, dispuesto a tumbarte en mi sofá (vale, en el sofá sin más), a arroparte con la manta (¿ves?he dicho la manta) y arremolinarte en cualquier esquina siempre que tus ojos fueran capaces de rozarme con cualquier suspiro por alguna parte. Te noté asustado, aunque no quise pensar que venías a llorarme un poco. Me pediste un té a medias y aparecí por la puerta de la cocina con un paquete de galletas. Sé muy bien leerte la mente, pese a que no me creas. Cuando dices té, sé que hay algo detrás, que hay mucho detrás, que me estás pidiendo a gritos encender el DvD y vernos, como siempre, como antes, alguna peli de Isabel Coixet para terminar luego hablando de los naufragios... Pero esta vez era distinto. Me quitaste el mando a distancia de las manos y te sentaste frente a mis rodillas. Me asustas cuando haces cosas imprevisibles para mí, que te he visto ya tanto... Me miraste a los ojos muy seriamente mientras los míos comenzaban a brillar. Después me contaste que él se había ido, que se había marchado, que no aguantabas sus fotografías por la pared y que necesitabas asilo político. Muy parlamentaria no es que sea, pero siempre estoy dispuesta a acoger emigrantes. Tenías suerte. Llegabas justo a tiempo, empapado pero justo a tiempo. Justo en el momento en el que me daba cuenta de que octubre se me escapaba por el desagüe y era viernes, y los viernes me pongo siempre melancólica, y tú estabas allí y te dije "nos quedamos en el sofá esta noche". Tú asentiste con la cabeza pero, muy bajito, me contestaste antes. "Sí, pero antes te saco a bailar".

8.10.08

403

A 403 km de casa todo se ve distinto. Eso sin contar que el aire, la luz, los olores son distintos aquí en Madrid. Ahora tengo dos camas y dos habitaciones, aunque no tengo muy claro mi lugar dentro de ninguna de ellas. De hecho, en ambas dejo todo desorganizado, hay ropa tirada por el suelo y otra apilada encima de la cama. También las paredes están vestidas de poestales de amigos, fotos importantes, pequeños detalles personales y viejas grandes frases/poemas. POr eso, aún no soy capaz de ubicarme espaciotemporalmente y quedo en un hueco repleto de gargantas en el fondo de las cuales deslumbran vestigios, viejos recuerdos, momentos, sensaciones... Las transiciones nunca fueron mi fuerte (que cosnte que ya ni siquiera estoy haclando de cambios, sino de gtransiciones, de estaciones de paso o permanencia, de pequeñas decisiones espontáneas acerca de la propia libertad...). Hay una parte de mí en cada una de ellas y yo ando como los artistas de circo por andenes de metro, sin saber muy bien a dónde ir, dónde oner los pies, cuál es la dirección correcta hacia casa.

Resulta a estas alturas demasiado ficticio comentar "este finde vuelvo a casa" o "ya va siendo hora de que haga la colada". Pero quizás sí sea hora de hablar de los despistes que quedaron sueltos en el sur, de los jerseys que no he llegado a estrenar o las voces que se quedaron despedazadas en el suelo. Ahora ya no están cercanas las despedidas, los abrazos, besos, palabras de ánimo, los "que te vaya todo muy bien, que tengas mucha suerte", los "te voy a echar de menos". Ahora todo fluye en ese limbo intermedio de ninguna parte y ningún lugar donde no se distingue muy bien lo ajeno de lo vertiginoso.

Ahora recorro avenidas grandes, voy siempre con guantes, me ducho a las 8 menos diez de la mañana, desayuno a prisa, tengo clases horrorosas de historia de casi dos horas... Ahora estoy a 403 km de casa degún el Tom Tom de papá. A 403 km de casa no es lo mismo leer lo siguiente:



C-121

it seems so long ago, Nancy
Leonard Cohen

no muy lejos en esta ciudad con sus miles
de citas a ciegashubo también otras noches
como ésta volviendo a casa -las vías

muertas del regreso las mismas preguntas-
y es que a pesardel amor de los brazos
y de las piernas abiertas la soledad regresa

con sus dudas.

Pablo García Casado. Las afueras.

4.10.08

Novato; Celibato.



Podríamos emborracharnos de nuevo esta noche
como todas.
Volverme etílica a base de las copas que me traes,
ya sabes, yo un ron-cola.
Tampoco hay necesidad de pensar en nada.
Podemos ir a clase o no mañana e,
incluso,
desayunarnos juntos.
Cogernos un taxi por cualquier esquina cerca de Atocha
cuando nos cierren el metro.
POdíamos intercambiar las llaves esta noche.

Novato; Celibato. Novato; Celibato.

Te acercas para bailar
y miramos hacia abajo.
Es mejor que no nos interesemos por saber
en qué pupilas quisiéramos vernos. Otra canción.
Y otra.
¿Dónde estabas?
Tenía que ir al baño

Otra canción.
¿Hace una copa?
¿un ron-cola?

Otra canción. Otra.
Pero no me miras.
Te acercas y miras para abajo.
MAdrid huele a lejos de casa.

Novato; celibato. Novato; celibato.
Novato; celibato.

¿Salimos esta noche?
Sí, pero déjate el móvil en la habitación.

¿Novato; Celibato? Novato; Celibato.

24.9.08

Extrasupermercados



En mi extrasupermercado los sentimientos se vendían en talla XXL en lotes de cien mil millones de unidades. En un sólo minuto, las cajeras, que vestían un uniforme azul turquesa con burbujas naranja sol radiante y verde pistacho joven, llegaban a marearse hasta 19 veces seguidas ante tanta cantidad de energía concentrada en pack de sensaciones al módico precio de cuatro canciones al oído. De vez en cuando sacaban alguna oferta 3x2 para liberarse de stocks de ilusiones rancias que comenzaban a crear moho olor bizcocho de chocolate recién hecho en el almacén de la trastienda. Había una caja rápida para los viernes por la noche y las madrugadas de los sábados cuando el alcohol causaba efectos imprevistos y se reclamaban cócteles persuasivos que incrementaban el poder de seducción. A mí esos nunca me hicieron falta pero sí que tiré de los paquetes de pañuelos perfumados con rayas violeta y rosa chicle que cuando se mojaban de lágrimas se convertían en algodón de azúcar sabor Coca-cola. Yo era la consumidora/clienta predilecta de la cajera de cada mes, que resultó ser Rocío, Sandra, Constantine, Marie y, por supuesto, Muriel. Siempre me apañaba para que debajo del mostrador-caja, muy sigilosamente, me pasaran pruebas de los nuevos sabores que llegaban y aún no estaban incluidos en el catálogo ni estaban indicados en las estanterías mediante huellas metalizadas con luces de luciérnaga.

Me hubiera mudado de barrio sólo para disfrutar de los fuegos artificiales de las 8 en punto tras mi ventana. Antes tuve que encadenarme, prestar declaraciones a la prensa y poner alguna que otra bomba-lapa. Al final me cargué al alcalde. desde entonces, soy una de las mayores accionarias de mi extrasupermercado desde la cárcel de un poeta en Nueva York.

Y de fondo esto...